Vivir con afasia: Cada palabra es una montaña

Vivir con afasia: Cada palabra es una montaña

¿Qué es la afasia?

La afasia es un trastorno que afecta la manera en que te comunicas. Puede afectar el habla, además de la forma en que escribes y comprendes el lenguaje escrito y oral.

La afasia es frecuente tras daños cerebrales, como un ictus, un golpe grave en la cabeza, un tumor o una infección en el cerebro, entre otras causas. De hecho, entre el 21% y el 38% de los pacientes que sufren un infarto cerebral desarrollan este trastorno.

Síntomas que produce

La afasia es un síntoma de alguna otra afección, como un accidente cerebrovascular o un tumor cerebral.

Las siguientes conductas son frecuentes en personas con afasia:

  • Hablar con oraciones cortas o incompletas
  • Decir oraciones sin sentido
  • Sustituir una palabra o un sonido por otro
  • Decir palabras irreconocibles
  • Dificultad para encontrar las palabras
  • No comprender conversaciones de otras personas
  • No entender lo que leen
  • Escribir oraciones sin sentido

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Los niños con sobrepeso tienen más probabilidad de desarrollar algunas enfermedades

Los niños con sobrepeso tienen más probabilidad de desarrollar algunas enfermedades

La obesidad infantil está relacionada con un mayor riesgo de padecer múltiples comorbilidades (dos o más enfermedades en un mismo individuo), como asma, diabetes, hipertensión y afecciones psicológicas.

Los datos son demoledores. La obesidad infantil puede estar asociada con diferentes afecciones médicas que son comunes en los niños diagnosticados con sobrepeso.

En concreto, estas enfermedades son:

  1. Asma.
  2. Diabetes.
  3. Hipertensión.
  4. Trastornos respiratorios.
  5. Trastornos del sueño.
  6. Afecciones inflamatorias de la piel.
  7. Trastornos convulsivos.
  8. Síntomas gastrointestinales/genitourinarios.
  9. Trastornos del neurodesarrollo.
  10. Afecciones psicológicas.

La obesidad es un problema de salud complejo y socialmente significativo que puede afectar de manera diferente a diferentes subtipos clínicos y demográficos de pacientes pediátricos. Agrupar todos los tipos de sobrepeso y obesidad en una condición clínica «puede ocultar asociaciones entre factores de riesgo y subtipos específicos de obesidad, lo que tiene implicaciones para mejorar la prevención, el reconocimiento y el tratamiento de la obesidad pediátrica».

¿POR QUÉ FRENAR LA OBESIDAD INFANTIL?

En España tenemos un 40% de exceso de peso infantil, entre los seis y los nueve años, y la mayoría de ese porcentaje lo mantendrá toda la vida. De estos niños y niñas, el 23,3% está en niveles de sobrepeso y el 17,3% sufre obesidad. Todos ellos tendrían una alta probabilidad, de desarrollar estas ocho enfermedades citadas.

Según la OMS, la obesidad y el sobrepeso han alcanzado caracteres de epidemia a nivel mundial. Más de 1.900 millones de personas adultas tienen sobrepeso. 41 millones de niños menores de cinco años tenían sobrepeso o eran obesos en 2016 y más de 340 millones de niños y adolescentes (de 5 a 19 años) tenían sobrepeso u obesidad. Si se mantienen las tendencias actuales, la previsión es llegar a los 70 millones de menores con sobrepeso u obesidad en 2025.

 

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Accidente cerebrovascular (ICTUS)

Accidente cerebrovascular (ICTUS)

Un accidente cerebrovascular sucede cuando el flujo de sangre a una parte del cerebro se detiene. Algunas veces, se denomina «ataque cerebral».

Si el flujo sanguíneo se detiene por más de pocos segundos, el cerebro no puede recibir nutrientes y oxígeno. Las células cerebrales pueden morir, lo que causa daño permanente.

Un accidente cerebrovascular se presenta cuando un vaso sanguíneo en el cerebro se rompe, causando un sangrado dentro de la cabeza.

Causas y Riesgos

Hay dos tipos principales de accidente cerebrovascular:

  • Accidente cerebrovascular isquémico
  • Accidente cerebrovascular hemorrágico

La presión arterial alta es el principal factor de riesgo para los accidentes cerebrovasculares. Otros factores de riesgo importantes son:

El riesgo de accidente cerebrovascular es también mayor en:

  • Personas que tienen una enfermedad cardíaca o mala circulación en las piernas causada por estrechamiento de las arterias
  • Personas que tienen hábitos de un estilo de vida malsano tales como el tabaquismo, consumo excesivo de alcohol, consumo de drogas, una dieta rica en grasa y falta de ejercicio
  • Mujeres que toman píldoras anticonceptivas (especialmente las que fuman y son mayores de 35 años)
  • Las mujeres embarazadas tienen un mayor riesgo durante el embarazo
  • Mujeres que toman terapia de reemplazo hormonal
  • Persistencia del agujero oval (PFO, en inglés) un agujero entre la aurícula izquierda y la derecha (cámara superior) del corazón.

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¿Por qué siempre queda hueco para la tarta, pero no para una manzana?

¿Por qué siempre queda hueco para la tarta, pero no para una manzana?

La pandemia de obesidad que afecta al planeta demuestra que se trata de un tema que está lejos de ser bien entendido

Ante la inevitable pregunta, “¿algo de postre?”, y aunque haya que aflojarse el cinturón tras la comida, el hechizo de una tarta o un dulce es irresistible. El porqué de que muchas personas, aun estando llenas, siguen teniendo avidez por tartas, pasteles o helados fascina a endocrinólogos y nutricionistas. Esa atracción tiene más que ver con entender la gran complejidad de los sistemas neuroendocrinos de regulación del apetito y la saciedad, esos que permiten ingerir en forma de alimentos la cantidad de energía necesaria para funcionar, sin pasarse ni almacenar su exceso en cartucheras y perímetro abdominal.

Aunque algunas personas son más golosas que otras, existe un conjunto de razones por las que a muchas el cuerpo nos pide postre tras una comida copiosa. La interacción entre nuestro sistema endocrino y el sistema nervioso central para regular el hambre que tenemos es intrincada. Destacan, para empezar, dos hormonas con funciones opuestas: la leptina, considerada la hormona de la saciedad, y la grelina, considerada la del hambre. La leptina regula el equilibrio energético a largo plazo y promueve que mantengamos nuestro peso habitual. Es secretada por nuestras células de grasa cuando detectan que tenemos depósitos suficientes, informando al cerebro para suprimir el apetito y que dejemos de comer. Pero sus niveles no varían con una ingesta aislada, ni tienen una acción inmediata. “Necesita estímulos continuados en el tiempo para modificarse. Tiene más que ver con conductas alimentarias y con la cantidad de grasa que cada uno tiene”.

Por otro lado, “la hormona más relacionada con el hambre es la grelina”. Producida por la mucosa que recubre el estómago, ejerce, a diferencia de la anterior, una acción rápida que induce el apetito en los centros neuronales de la saciedad y el hambre del hipotálamo e interviene en la iniciación de las comidas. El factor fundamental para que se libere en sangre es el vaciamiento gástrico. “Cuando el estómago está más vacío, la sensación de agujero en el estómago hace que se sintetice y la persona sienta hambre. Parece que puede haber picos a las 8, a las 12 y a las 20 horas y que por eso también queramos comer hacia esos momentos del día”.

“La grelina favorece la ingesta, el almacenamiento de las grasas, la disminución del metabolismo basal, el ahorro energético y que tengamos avidez por alimentos altos en calorías o en azúcares”, apuntando a otra de las claves de nuestro insaciable espacio para la repostería. “Hay otros receptores que se estimulan por comidas ricas en azúcares y grasas. El sistema es mucho más complejo que una simple hormona que hace on-off. Evidentemente, a cada uno nos gusta un tipo de alimentación y eso va a estimular receptores de recompensa en nuestro cerebro”. En efecto, los alimentos ricos en azúcares y grasas encienden nuestros centros de placer en el cerebro, en especial si se combinan en alimentos procesados —como muchos postres—, hasta el punto de que algunos científicos los consideran capaces de generar una auténtica “adicción a la comida”.

Esta avidez por alimentos con alto contenido energético tiene también una justificación evolutiva como mecanismo de supervivencia: estamos diseñados para sobrevivir en el contexto de escasez de la sabana africana, no en la abundancia de las sociedades ricas contemporáneas. “Evolutivamente estamos hechos para que nos encante el dulce, incluso más que la grasa”. Tanto, que ya no basta con el dulzor de los productos naturales. “Nos gustaba la fruta originalmente porque tiene azúcar, pero, conforme hemos ido evolucionando, hemos ido dándole más intensidad a ese sabor. Ahora a un niño le preguntas si una manzana está dulce y te dice que no”.

¿Cómo evitamos, entonces, caer en la tentación?

Entendiendo estos mecanismos y que los ambientes de socialización o la amplia disponibilidad de alimentos, como ocurre en los buffet libres, también nos empujan a comer más. Como la sensación de plenitud desde que empezamos a comer puede tardar unos 20 minutos, también tiene sentido comer más despacio y tomarnos un tiempo antes de decidir si de verdad necesitamos la tarta, si optamos por algo más saludable o si no queremos nada. En última instancia, siempre podemos compartir postres o pedir porciones reducidas.  Apunta a la educación temprana en hábitos saludables, sin olvidar que todo nuestro entorno, la publicidad y un sinfín de estímulos nos empujan a comer productos más sabrosos e insanos. “La solución es acostumbrarnos desde pequeños a que el dulce lo tenemos que conseguir de la fruta y a que, solo en determinadas ocasiones, tomemos un postre con mucho azúcar. Es como la sal, cuanta más tomas, más necesitas”.

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